jueves, 14 de agosto de 2008






Todo en aquel restaurante era azul, las sillas, los asientos, las maderas, todo, hasta la vajilla . La pareja fue recibida por un saludo casi reverencial de la camarera, les acompañó a la única mesa que quedaba libre y retirando la silla para que se sentasen les dedicó la mejor de sus sonrisas. La mesa estaba junto a un balcón desde que se veían unos bellos jardines del siglo XVIII
Además del azul, en el restaurante destacaba el gris de las viejas fotografías que prácticamente forraban sus paredes color añil. Eran fotos firmadas de mujeres sonrientes, con traje de aquellos alegres años. Fotos de artistas, cantantes, cupletistas, después de todo, aquel restaurante era la botillería de uno de los teatros más ilustres de principio de siglo, el único coliseo en pie, y seguro que, en los veranos de principio del XX, centro de encuentro de nobles y ricos que se tomaban, en las faldas del escurialense Abantos, su merecido descanso.


Mientras decidían que tipo de aceite querían para la ensalada, él se fijó en una de las fotos, estaba coloreada en tonos rosáceos y en ella una joven que se hacía llamar Bella Flor, le mandaba sus mejores deseos al dueño del local.
Vío a la guapa cantante cautivando a los lugareños con sus canciones, como en una de esas escenas del Ultimo cuplé o de cualquier otra película de ese tipo vista recientemente en cine de barrio. Sin duda bella Flor debió de causar estragos entre esos millonarios excéntricos que quisieron costear casi dos kilómetros de tranvía para no tener que subir la cuesta que había hasta sus chalets de veraneo. Mientras comía la ensalada sonreía, solo la crisis tras la primera guerra mundial pudo con ellos y su empeño quedó en 25 metros de vía que todavía hoy se conserva como una curiosidad histórica. Debía ser bastante famosa aquella joven, pues había varias fotos de distintos años entre 1908 y 1918, en las que, si uno se fijaba bien, se la podía ver crecer. La imaginó comiendo en una de las mesas de al lado, escuchando los sabios consejos de su madre, o tal vez aguantando alguna reprimenda por no haber hecho caso a tal o cual señoriíto. La imaginó paseando por el jardín, viendo caer el agua de aquella fuente con cierta cara de melancolía. También imaginó su muerte, tal vez en 1918, enferma de tuberculosis o algo parecido.

Cuando iban a pedir los postres, la chica que iba con él dijo, mientras pasaba la mano por delante de sus ojos:
- Eh, vuelve Chema que estás muy lejos, es la última vez que venimos a un sitio de estos a cenar, que siempre me dejas sola.

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